Blog

JOB 41.1. Un pequeño adelanto

JOB 41.1. Un pequeño adelanto
Actualmente llevamos premaquetadas 23 páginas de JOB 41.1, lo que supone una tercera parte de la aventura. Así que probablemente nos vayamos a un módulo de entre 70 u 80 páginas. De momento hemos avanzado con las dos primeras partes de la aventura, y esta semana nos pondremos con la tercera. Esperamos ir a buen ritmo, para poder entregar el módulo lo antes posible a nuestros mecenas, y poco después llevarlo a distribución para que esté disponible para todo el mundo.

El módulo llevará a los personajes por media Europa, atrapados en una red de intriga y terror que irá aumentando a medida que vayan desentrañando la compleja trama en la que se verán involucrados. No podemos adelantar muchas cosas sin hacer spoilers, pero como adelanto os dejamos con el pequeño relato que abre el módulo, y que está bastante relacionado con los acontecimientos que pondrán en jaque a los jugadores.

Quiso averiguar qué sucedía y se acercó a la ventana que tenía más cerca. El dinero seguía siendo un problema y aquel cuchitril sombrío iba a servir para que ambos rehicieran su maltrecha relación, o al menos para que lo intentaran. La pequeña lo necesitaba.

   En realidad no quedaba más alternativa que rendirse sin condiciones a vivir en aquello que la vieja llamaba apartamento y se iba a llevar semanalmente la mitad de lo que ganaba él como mozo de almacén en Paddock’s. Con el resto y lo que daba de sí el pluriempleo de Molly, incluso resultaba posible soñar con vivir.

   El grito se había oído nítidamente hasta que sacó la cabeza al exterior, en ese preciso instante se evaporó como por arte de magia, como si perteneciese a una grabación que alguien hubiese puesto en pausa al verle desplazar hacia arriba la hoja inferior del cristal. Se quedó allí, con los codos apoyados en el cemento del alféizar, escudriñando los ladrillos sucios que tenía enfrente. La antigua fábrica debía haber sido derruida hacía décadas pero quien fuera se olvidó de hacerlo. En los suburbios de Nueva York sucede con demasiada frecuencia.

   Terminaba el día libre que había pedido y tenía que darse prisa en arreglar las habitaciones vacías porque por la mañana se iban a llenar de cajas y muebles y todo iba a resultar mucho más complicado. Seguía sin escuchar nada anormal. El edificio dejaba escapar los gemidos propios de una tarde cualquiera en una colmena cualquiera, de las muchas que hacinan gente cualquiera a tres cuartos de hora de trayecto en coche hasta Queens, y eso en los días soleados o secos, que bajo la lluvia o la nieve la aventura podía ocupar perfectamente el doble o más de tiempo…

   Maldijo para sí su mala suerte y, también, no poderle echar la culpa a nadie. Para cuando quiso darse cuenta la bola había crecido tanto que literalmente le pasó por encima, aplastándole. El banco se había quedado con todo, incluso con sus ilusiones. Dos alturas más y al menos se podrían ver el horizonte, el río, el parque y la cancha, y la carretera por donde circulaban coches de policía o ambulancias cuyos rastros, desde aquel sexto con hermosas vistas a pared, sólo eran sirenas que iban, venían, y siempre se acababan desvaneciendo. La vieja pedía demasiado y hubo que aceptarlo, aunque se consoló cavilando sobre lo que habría costado aquel tugurio si ella hubiera reconocido que los adoquines de enfrente se parecían demasiado a los del brickyard de Indianápolis. A ojo, juraría que eran de la misma época en que se había inaugurado el circuito, 1909 o 1910, o tal vez antes, de 1907 u 8.

   Se distrajo observando a los lados y hacia el fondo, con dirección a la oscuridad del patio que acumulaba tanta negrura, deshechos y porquería, que perfectamente podía ocultar un cadáver abandonado por los hombres de Parrello. También miró a lo alto lo que daba de sí su cuello, calibrando cuánto tardarían las espesas nubes del atardecer en comenzar a descargar agua otra vez. Pensó en fumarse un pitillo allí mismo pero había dejado el paquete encima de la caja de herramientas, en el minúsculo zaguán que daba acceso al retrete con ducha, junto a los sándwiches, las cervezas y las galletas, de forma que volvió sobre sus pasos para quedarse quieto al cabo de haber dado sólo un par de ellos…

   Lo percibió muy suave al principio y más fuerte después. Aumentaba y menguaba como siguiendo una pauta. Sin duda correspondía al ruido que hace la madera cuando está siendo arañada por algo. Tenía su origen en la habitación contigua…

   —¡No me jodas. Lo que faltaba…! —apenas le brotaron las palabras en un hilillo de voz.

   Se acercó sigilosamente a lo que iba a ser el dormitorio en cuanto Matt trajera la cama y lo demás, pero no encontró ni un ratón ni un pájaro ni un gato. Un chiquillo rubio de no más de cuatro años permanecía sentado en cuclillas en el centro, concentrado en dibujar con un punzón una enorme geometría circular en la tablazón del suelo.

   —¡Ey, ey, ey…! ¡Para, para…! ¡No hagas eso. Me vas a buscar problemas…!

   El crío reaccionó al escuchar su voz abandonando el dibujo y levantándose como un resorte, echándose hacia atrás, protegiendo su espalda con la pared de la ventana y la cabeza con los antebrazos, como si estuviera acostumbrado a que después de una regañina le llovieran algunos palos.

   —Tampoco es eso, criatura… —se arrodilló frente a él y en un arranque de ternura lo tomó suavemente por los hombros por no asustarlo aún más—. Disculpa, peque, ¿te has perdido? ¿Vives al lado…?

   Estuvo a punto de preguntarle si había gritado. El grito que había escuchado no era demasiado natural y evidentemente no podía haber surgido de la garganta de un crío. Era agudo, potente, frío, y no se correspondía a nadie que estuviese sufriendo daño sino que tenía intencionalidad porque dejó de sonar en seco. Bueno, parecía venir de fuera y ahí no había nada más que decir, el pequeño estaba dentro del piso…

   —Me llamo Paddy. En realidad mi nombre es Patrick pero me han llamado Paddy desde que tenía tu altura —la tasó con un gesto de la mano—. ¿Cómo te llamas tú?

   No obtuvo contestación.

   —Venga, va. Te has perdido… Verás, suele pasar…

   —Ahora vivo aquí —el niño había bajado los brazos y le miraba desde la profundidad infantil de sus preciosos ojos color caramelo.

   Obviamente se encontraba desorientado. Trató de hacerle ver que aquella era su casa, el lugar donde iban a vivir él y Molly. Le contó que ambos tenían una hija de tan sólo un año y que seguramente se harían amiguitos con el tiempo y jugarían juntos. Le dijo, también, que la pequeña se llamaba Aurora. Reformuló la pregunta anterior por si no la había entendido:

   —¿Dónde duermes? ¿En alguno de los apartamentos de este pasillo o del piso de abajo…? ¿En el de arriba tal vez…?

   —Duermo aquí. Esta noche he dormido contigo en el suelo —contestó con su vocecilla.

   Aquello le desconcertó. Instintivamente giró la cabeza hacia la puerta de entrada. Los pestillos y pasadores seguían echados, tal cual los había dejado la tarde anterior. Llevaba prácticamente 24 horas sin salir del antro. Lo había recorrido de cabo a rabo repasando el cableado eléctrico, los enchufes e interruptores, la fontanería del baño y la cocina y la instalación de gas. Efectivamente había dormido allí anoche, sobre el entarimado, como iba a hacer seguramente dentro de unas horas. La prisa por tenerlo todo preparado, que todavía faltaban de tapar un par de agrietados y luego la limpieza. Y para qué engañarse, que las cosas entre Molly y él no iban tan bien como deseaba y por nada del mundo quería que este nuevo comienzo empezara con mal pie.

   No quiso preguntarse cómo resultaba posible que el chiquillo y él no hubieran coincidido en apenas 45 metros cuadrados. Por qué no había notado nada extraño, ni un ruido fuera de lugar, ni mucho menos entendía cómo el angelito podía saber que había pasado la noche tumbado en el suelo. Desterró un par de ideas turbias que le pasaron por la cabeza, se levantó y le dijo:

   —Tengo galletas… Te voy a dar una y mientras la comes vamos a buscar a mamá o papá. Eso es lo que haremos.

   Y se giró, y en ese instante sintió un frío helador que le tomaba por los pies y ascendía por sus piernas como un tsunami, mientras a su espalda se alzaba una figura que absorbía cualquier luz…

   Le despertó el sonido de la lluvia batiendo con rabia los cristales. Supuso que era madrugada. Había mojado los pantalones y estaba tendido sobre el parqué. Recordaba vagamente haber sido atacado por una jauría de perros enloquecidos que le habían desgarrado las extremidades, la espalda y la cintura, mientras, a lo lejos, una figura un brujo africano susurraba una letanía ininteligible detrás de la madera de su máscara y golpeaba rítmicamente con su cayado la superficie de una ciénaga absolutamente negra. Escuchó algo parecido a cascabeles entre los gruñidos de los canes y entonces sintió cómo era elevado del suelo por las mismas garras que se habían abierto paso en su cráneo a través de los agujeros de los oídos.

   Se sentía aturdido, le dolía el cuerpo como si lo hubiesen zarandeado en realidad. Al intentar levantarse se clavó algunos restos de las bombillas del techo. Gateó primero y se apresuró después en medio de la penumbra. Necesitaba escapar de allí como fuese. Tenía la ropa intacta pero notaba que la carne estaba abierta bajo la tela y que por algunas heridas seguía manando sangre. Parecían mordiscos, ¿en serio…?

   El miedo lo atenazaba y tropezó buscando la puerta. Respiraba apresurado y le temblaban los dedos cuando por fin consiguió abrirla. Iban a perder el adelanto, pero la pequeña, Molly y él, no pasarían ni un minuto expuestos a aquella pesadilla. Mientras avanzaba a duras penas por el pasillo del largo rellano con dirección a los ascensores, las luces parpadearon para terminar apagándose a su paso, y entonces tuvo por cierto que el chiquillo le estaba mirando y se reía viéndole partir.

   No volvió la cabeza, no tuvo agallas para hacerlo. Descartó la idea de tener que pasar unos segundos dentro del ascensor, solo, y optó por las escaleras, y aunque faltaban seis alturas para alcanzar el portal, corrió hacia ellas y las empezó a bajar de tres en tres peldaños mientras a su espalda retumbaba el eco de una carcajada adulta, tan hueca y maligna como gélida.